Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.

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miércoles, 28 de abril de 2010

La danza del aguila


Un viejo mongol golpea el poderoso glúteo que el gladiador siente como si fuera una suave palmadita al bebé.
La criatura, de 100 kg. se entrelaza en un intrincado juego de fuerza con su contrincante, un mongol voh. Este popular deporte se practica de la misma forma desde hace siglos con la misma vestimenta, las mismas reglas y el mismo fervor del público.
Lo practican la mayoría de los jóvenes del país. Y los mejores,  seleccionados de combates provinciales, se enfrentan en un importante certamen final en el estadio nacional de Ulan Bator.
Entretanto, los poderosos colosos se miran unos minutos y vuelven a entrar en acción. El primero que cae: pierde y con mucha cortesía se saludan. Luego el ganador se apoya con sus manos sobre sus fuertes rodillas mientras el viejo árbitro mongol le pone en la cabeza un señorial gorro.
 El mastodonte humano con sus botas terminadas en punta (gutuls) sale corriendo hacia el palco central con los brazos en alto ofreciéndose al público que lo vitorea.
En un momento su mágica corrida se convierte en lenta y ridícula. Estos fortachones no tienen gracia para el baile y menos cuando imitan el vuelo de un águila al final de la ceremonia de su lucha.
Posteriormente se dirigen al costado del escenario, un improvisado altar de los guerreros. Allí los niños, que los idolatran, les ofrecen airag (leche de yegua) y pedacitos de queso que el gladiador de la estepa mongola regala entre los espectadores en su mayoría críos y familiares.

lunes, 26 de abril de 2010

El invisible

Kerala © Marcelo Caballero


La percibía como un inocuo vacío. Y no sabía que era, ¿cómo adivinar? Entonces, redescubría la misma sensación. Una y otra vez. Eso le oprimía el corazón, lo turbaba. Hasta que encontró el origen de esa persecución y el pensamiento cocinó a fuego lento impresiones visuales crueles e inhumanas.
Decididamente venía hacia él. Era una sombra de lo que podría haber sido, extendiendo la mano con exagerada parsimonia hacia un cielo pletórico de luz.
De pronto, se enfrentaron, se miraron mutuamente. Paralizado quien viaja observó de los huecos de donde salían sus ojos, un brillo metálico casi sin vida.
Parecía ser invisible. Un negado. Merodeaban por su cabeza calva unas moscas negras, grandotas. Despacio, en silencio, el lastimoso indio se acercaba cada vez más.  Lo veía deglutir cada paso, fagocitar cada centímetro de aproximación. Sus piernas provocaban un extraño susurro, monocorde al levantarse mecánicamente del suelo.
Entonces dejó de retroceder, se paró en seco y decidió enfrentarlo. El pobre hombre también frenó y en bengalí balbuceó algunas palabras.
Y aunque pareciera extraño creyó verle una sonrisa detrás de esa boca amorfa. Y el humanoide levantó sus manos hacia el cielo y las colocó junto al pecho de quien viaja.
Sorprendido,  revolvió sus bolsillos, sacó las últimas rupias que tenía y se las ofreció. Entonces el leproso cerró el puño y como si no hubiera visto a nadie, volvió sobre sus pasos.
Justo en ese momento el chirriar de los frenos de una poderosa locomotora diesel hizo su aparición en la vieja estación de Varkala.
Lentamente quien viaja se acomodó en uno de primera clase que lo llevaría rumbo a Bombay. Le esperaban 50 horas de un viaje que debía continuar.

viernes, 23 de abril de 2010

La ciudad oculta de la fotografía

Me he cansado de escuchar en estos últimos años que la democratización de la fotografía debido a la irrupción de lo digital ha vulgarizado la creación fotográfica. También me he cansado de oír que la mirada se rutiniza y que pasado un tiempo en un lugar se pierde esa frescura inicial para realizar fotografías.
Todo esto no me impide decir que existen algunos oasis de creación que transgreden por suerte estas opiniones “populares” de los fotógrafos.
Y si no me creen, por favor vean el trabajo que está haciendo el colectivo PH15 (Buenos Aires – Argentina) que está conformado por jóvenes que viven en una villa de emergencia llamada Ciudad Oculta. El proyecto comenzó en el año 2000 cuando ellos quisieron aprender fotografía.

miércoles, 21 de abril de 2010

El hereje ilustrado

                                                                             Catedral de Braga - Portugal © Marcelo Caballero


Una ciudad dominada por iglesias antiguas y campanarios no parece ser para quien viaja una ciudad cualquiera. Ya sabía por algunas guías de viaje que Braga era y es el orgullo de la cristiandad portuguesa.
Y también sabía de la leyenda popular que contaba que el apóstol Santiago en su peregrinación por el Minho había nombrado a Saö Pedro de Rates primer obispo de la antigua ciudad.
Quizás por ello no le extraño encontrarse cara a cara con una barroca y monumental catedral, la más antigua de Portugal. Donde muchos años después, ya en el siglo XX sirvió de excusa y contexto al dictador Salazar para brindar un solemne discurso que inauguró su gobierno ilegal ante una multitud complaciente.
Todo esto rondaba en la cabeza de quien viaja apenas llegó con su compañera al hospedaje de Santa Zita ubicada justo detrás de esta mítica catedral. Allí le dio la bienvenida Antonia, la mujer que regenteaba la inmensa casona perteneciente justamente a la congregación cristiana de la Santa Zita .
Adentro todo era austero y silencioso. La casa de tres pisos semejaba un amplio invernadero de flores y macetas que confluía hacia un patio interior a la usanza de las viejas construcciones.
De lejos se escuchaban apenas los susurros de una oración que parecían provenir de un pequeño oratorio.
   - Temos muitos quartos vazios. Não comece o seu problema. Fique quanto tempo quiser. Os peregrinos chegam apenas o fim de semana– señaló Antonia mientras subían las escaleras que los llevaría hasta sus aposentos.
La habitación también era austera. Una cama doble, un crucifijo gigante, un armario y una pequeña mesa. Sólo las paredes mostraban signos de abundancia: había por lo menos una docena de imágenes de Jesucristo. Jesucristo en la última cena, Jesucristo crucificado, Jesucristo bebé junto a María, su madre y muchos más Jesucristos.
A pesar de esa abundancia iconográfica, el silencio de la habitación se cortaba con tijeras. Entonces a quien viaja se le ocurrió preguntarle a Antonia si tenían algún libro para leer esa noche.
  - Espere um minuto– dijo apresurada la administradora - e eu trago alguns. Fique confortável, por favor!.
Al rato retornó a la habitación con una gran sonrisa y tres libros. Uno de ellos era un antiguo ejemplar de las Selecciones de Readers Digest, otro era una revista de turismo de la época de Salazar y el último era una enciclopedia con fotografías de todas las iglesias de la ciudad que por supuesto eran muchas.
   - Levante-se amanhã cedo e ir visitá-lo?. Eles estão mais bonitos nas fotografias e pode tirar fotos- dijo Antonia con informativa solemnidad.
Quizás para entrar en confianza o simplemente por cortesía, quien viaja le dijo que habían ido a Braga gracias a un libro de un escritor portugués.
    - Ahh..si?– respondió sorprendida - e quem é?
    - Observe voçé con sus propios ojos, fue premio Nobel de Literatura – dijo quien viaja con cierta ironía mientras le daba el libro.
Entonces Antonia dio unos pasos atrás y con cara de pocos amigos señaló:
    - Deus meu!!!, Eu aconselho você a não ler. Ele é um herege e dar uma falsa idéia de nosso país
Luego de esa escena quien viaja se quedó un poco más tranquilo. Se imaginaba que el gran José Saramago no era un autor de su predilección pero que lo tachara de "hereje" colmaba ciertas expectativas de su visita a Braga.



                                                                 Catedral de Braga - Portugal © Marcelo Caballero

sábado, 17 de abril de 2010

Una sombra pronto serás

Bahía - Brasil © Marcelo Caballero

Creo que todos los que disfrutamos de la creación fotográfica, nos gusta utilizar sombras en las composiciones.  A lo largo de mi vida he visto muchas imágenes tanto de profesionales como de aficionados que con el simple recurso de las sombras arquitectónicas, de la naturaleza o de la gente logran captar imágenes con profundidad, sugerentes e inquietantes.
A mí me agrada muchisimo jugar con las sombras humanas. Desde mi punto de vista, se me ocurre pensar que las sombras humanas son como escurridizos negativos que tienen independencia de movimientos y muestran la otra cara de nuestro yo y que siempre nos acompaña... 


                            Vilabertran - Catalunya © Marcelo Caballero


A veces, la independencia de las sombras es tal que muestran perfiles desconocidos de nuestro cuerpo:  más alargados.....

Ponte de Lima - Portugal © Marcelo Caballero


o más bajos o petisos....


 


Figueres - Catalunya© Marcelo Caballero


o tal vez...embarazadas cuando no lo están



Dolors - Portugal© Marcelo Caballero

algunas veces las sombras parecen pertenecer a otra dimensión, a otra meta visualidad...


 
Girona - Catalunya © Marcelo Caballero



miércoles, 14 de abril de 2010

Un viaje que no le cayó bien

© Marcelo Caballero


Alguien gritó el nombre de quien viaja desde la otra esquina. No se sorprendió cuando se le acercó. Habían acordado por teléfono un rato antes encontrarse allí, frente al portón principal de la estación Franca.
Su voz le pareció familiar pero a simple vista, no era su entrañable amigo. Con decir que Alex medía 1,90, delgado, con una larga melena rubia y esta persona era todo lo contrario: bajo, poco atlético y casi calvo. Aparentaba tener 20 años más que su amigo catalán.
Al principio creía que le hacían una broma. Un juego de mal gusto, pensó. Entonces se dejó llevar una vez más por las circunstancias fortuitas de un viaje. De un extraño viaje.
Hacía dos días que no dormía y necesitaba que alguien en Barcelona le diera un lugar para descansar. Por eso no dudo en subirse al automóvil del extraño y a toda velocidad enfilaron por una transitada avenida.
Durante el viaje urbano, el impostor, por llamarlo de alguna manera, le recordó aventuras vividas en la vieja  Katmandú. De su boca salieron andanadas de recuerdos de las noches vividas juntos en el Thamel. Y en todo momento reía mientras esquivaba peligrosamente autos y peatones.
En cierto momento quien viaja cortó el monólogo del extraño con una pregunta filosa, profunda. “¿Recuerdas lo que te recomendé en el Garuda?”. Y el desconocido con naturalidad le respondió. “ claro que lo recuerdo…. “Un recodo en el río” de Naipaul . Lo compré esa misma tarde, te lo prometo”. Y volvió a reír.


                            © Marcelo Caballero

La ciudad lucía espléndida. La primavera estaba en ciernes y las veredas se observaban abarrotadas de gente, de turistas.
El extraño estacionó el auto en un playa de estacionamiento. Y en minutos, se encontraron caminando por unas estrechas callejuelas de un barrio muy antiguo.
Durante el involuntario paseo quien viaja meditó en toda esta absurda situación pero pronto las ganas de dormir dominaron todos sus pensamientos. Y se decía a sí mismo que no debía contrariarlo. Había que ir hasta el final. Y además sentía que todo debía acabar lo antes posible.
Durante esos sinuosos momentos el impostor se paró frente al portal de un antiguo edificio y lo invitó a pasar.
Subieron por unas escaleras de madera, ruidosas y estrechas. Así, a duras penas, con la mochila y algunos paquetes a cuestas llegaron hasta el cuarto piso donde el extraño se paró, extrajo de su bolsillo una llave y abrió la puerta con naturalidad.
Quien viaja no aguantaba más. El impostor pareció adivinar la situación y lo llevó hasta una pequeña habitación que tenía solo una cama. Y nada más.
Y así como estaba quien viaja se dejó caer aparatosamente sobre ella. En segundos se durmió.
Al despertar, se dio cuenta que el extraño había desaparecido. Entonces, una impronta de nada existencial lo impulsó hacia la ventana cerrada. Apoyó su cara sobre el cristal y se puso a escuchar.
Intuyó sincopados bocinazos de automóviles entre enjambres de sonidos. Eso lo satisfizo por un momento. Por un extraño momento.
Luego, sin mucha prisa y aparentemente sin importarle demasiado, subió despacio la vieja cortina de la ventana y observó el exterior, el mundo a través de sus alucinados ojos.
Reconoció el barrio: era el Raval.
Más adelante, escuchó que alguien tarareaba una canción infantil que parecía conocer y que provenía del departamento vecino. Una mueca de esperanza entró en su alma como la sensación de estar vivo. Y se recostó sobre su cama para dedicarle toda su atención hasta que volvió a dorrmirse.
Un poco después una punzante sirena rompió el silencio. Entonces se sobresaltó y fue otra vez a la misma ventana para descubrir que la noche había llegado. Y con ella los faroles amarillos de las calles.
Sin importale en demasía se entretuvo observando como desaparecía una pareja de chavales por la esquina de la callejuela y esa simple imagen lo conmovió.
Ya sin saber que hacer, sin sueño y también sin hambre, se fue al baño, se desnudó y lavó toda su ropa. Luego extrajo una muda de prendas limpias de su mochila y mientras se cambiaba, decidió salir de ese lugar.
Ya afuera del piso no pudo caminar más que un paso. Estrechó su espalda sobre la ruinosa madera de la puerta y analizó la situación. Luego dio dos, tres, cuatro pasos y golpeó en la puerta de enfrente.
Y se quedó allí, tranquilo,  solo con sus pensamientos por largos minutos hasta que se entreabrió. Y apareció la cara temerosa de un anciana.

-Hola, buenas noches – dijo quien viaja con cierta naturalidad – señora, disculpe la pregunta…quien vive en la puerta de enfrente?.
La mujer se tomó su tiempo para responder. Para ella no parecía ser natural todo eso. Entonces lo miró con cierto recelo y mientras se secaba con un pañuelo las comisuras de su boca, le dijo:
- ¿Usted me está tomando el pelo?   - y lo miró con cara de pocos amigos -  ¿Cómo que quién vive al lado? - hizo otra pausa y prosiguió - ¿.me parece que a usted el viaje no le cayó nada bien, ¿eh?...para nada bien”.

sábado, 10 de abril de 2010

Padre, se lo regalo

Pachamama Copyright Marcelo Caballero


Le samana santa pasó pero el recuerdo del ovispo español Pedro Olmedo y de la lejana quebrada de Humahuaca en Argentina vuelve una y otra vez a a la mente de quien viaja:

"Humahuaca transcurre en cámara lenta y dormida en el caluroso mediodía jujeño. Quien viaja lleva como puede su mochila por todos los rincones de la plaza central y sabe que nadie le abrirá una puerta a esa hora. Menos la de la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria donde seguro los curas no están o fueron a almorzar o están durmiendo una regia siesta.
En fin….lo cierto es que busca a Pedro Olmedo conocido por todos como el obispo minero. Y quiere escuchar de su propia boca que hay de cierto de su legendaria historia de vida junto a los desfavorecidos mineros a centímetros del cielo que más se parece a un infierno.
Quien viaja está cansado y hambriento. Piensa: el obispo no está. La parroquia está cerrada. Entonces dirige su cansino caminar hacia un pequeño almacén donde compra unos tomates, pepinos y pan casero. Cerca de allí, unos puestos de artesanías resultan el lugar apropiado para sentarse y entonces desgrana todo su aparatejo culinario, lectura y descansa bajo la agradable sombra de las casas coloniales. El tiempo, el estúpido tiempo pasará volando se dice a si mismo.
Más tarde, vuelve a la iglesia y esta vez tiene suerte. Lo atiende alguien que parece un sacerdote. - “¿Usted es Pedro Olmedo?”
- “No, soy el padre Jesús – dice el religioso con un fuerte acento español
- “Mire, yo soy periodista y me gustaría charlar hoy con Pedro porque esta noche me voy para La Quiaca , ¿sabe?
El sacerdote lo mira con atención y contesta.
- No te preocupes. Mi hermano recién te va a atender a partir de las seis de la tarde. Ahora está en viajecito corto. ¿vale?”.
- Claro – se apresura a decir quien viaja – otra cosa Padre…..le molesta si dejo mi mochila en la parroquia así paseo un rato por el pueblo ¿puede ser?.
El sacerdote lo vuelve a mirar con una sonrisa amplia.
- ”No hay problemas. Venga, traiga su equipaje que lo ponemos en su oficina”.
A la hora señalada quien viaja vuelve a la iglesia y lo atiende Pedro Olmedo en persona. Parece más joven que su hermano y lo lleva hasta su oficina ubicada en el centro del complejo parroquial frente a un coqueto jardín con aljibe.
Sin preámbulos comienzan a hablar de todo, de su vida apostólica en Jujuy desde 1972, de los extranjeros que vienen al norte, de lo difícil que fueron todos esos años, de su Sevilla natal, de su bronca cuando lo tildan de obispo de izquierda o “ rojo”. “Me importa muy poco – dice el obispo - estoy para ayudar a la gente nada más”. Reflexiona sobre su participación activa en huelgas y manifestaciones de trabajadores y desocupados, de la pobreza del lugar y del avasallamiento de las tierras de sus collas, de su cultura.
Sin embargo la rica charla de pronto se corta por una escena un tanto surrealista que proviene desde la profundidad del lugar.
Resulta que sin pedir permiso un lugareño entra al salón y pone sobre el escritorio del sacerdote una guitarra criolla. “Padre, se la regalo”.
Olmedo sin perder la calma contesta con total naturalidad. “Pero, ¿por qué me la das? si con ella tocas en fiestas”. El paisano abre los ojos como dos huevos duros y señala: “Padrecito, se la doy porque he decidido dejar de tomar y el regalo es una promesa”.
Entonces el obispo se levanta de su silla, se pone las manos en la cintura y le dice: “¡Pero déjate de embromar, hombre!, ¡la guitarra te va a servir para hacer canciones!. Llévatela por favor!!!.. El lugareño asiente como un autómata con la cabeza y retrocede poco a poco hacia la puerta.
Entonces el obispo sin perder la postura enérgica inicial continúa. “ mejor prométele a Dios que dejarás de emborracharte. Nunca tienes que regalar la guitarra. ¡¡¡Jamás!!! Es como una mujer. ¿regalarías a tu esposa?“.

jueves, 1 de abril de 2010

Atardecer surrealista en el tren

Siempre me ha gustado hacer fotografías desde las ventanillas de un tren.
A ciertas horas del día, especialmente cuando uno viaja a la mañana temprano o a la tardecita, los paisajes desde las ventanillas se muestran espectrales, casi surrealistas. Y eso me agrada.
Las imágenes que muestro acá abajo las realicé ayer desde un tren de Girona a Figueres. Y durante el trayecto tuve suerte: me topé con un estupendo atardecer,  en los lugares adecuados y no pude dejar de fotografiarlos.



© Marcelo Caballero



© Marcelo Caballero




© Marcelo Caballero




© Marcelo Caballero



© Marcelo Caballero